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El caso Hernán Soto
La desaparición del niño marca el inicio de una serie de episodios que hasta hoy no dejan de sorprender. El 1 de enero de 1997, mientras la ciudad brindaba por el año nuevo, la desgracia se instaló en el Camping San Carlos. Hernán Enrique Soto, de 10 años y con una leve discapacidad, jugaba entre la multitud. Pidió dinero para comprar en la proveeduría del predio y, en un parpadeo, se esfumó.
No hubo gritos, ni frenadas, ni testigos. Hernán simplemente dejó de estar. Durante semanas, la policía rastrilló cada arbusto, pero la inexperiencia y la falta de protocolos convirtieron la escena en un caos. Aparecieron videntes, pistas falsas y teorías crueles. Hoy, Hernán tendría casi 40 años. Su madre, Marcela Muñoz, envejeció pegando carteles, inaugurando una era donde desaparecer se volvió un verbo posible en la Patagonia.
La década del silencio (1998-2009)
Tras Hernán, la oscuridad se aceleró de manera notable. En los años 90 y principios de los 2000, Comodoro se reveló como un lugar hostil para los vulnerables. La ciudad cargó muchos años con la desgracia de ser comparada con ciudades como Rosario o Capital Federal en términos de criminalidad.
El 9 de febrero de 1998, el sistema le dio la espalda a Araceli Linares. Mujer trans, subió a un Ford Taunus blanco en la zona roja y entró en la niebla. Meses después, aparecieron restos óseos. La desidia forense fue tal que se mezclaron huesos, dijeron que se trataba de dos personas distintas y jamás le dieron a su padre, Miguel, la certeza de una tumba.
Araceli Linares
Ese mismo año, el 21 de julio, Mónica Elizabet Acuña, cajera de un supermercado, salió a festejar el Día del Amigo y nunca regresó. La fiesta terminó en un enigma que le costó a su madre la salud física y mental, falleciendo en 2020 sin respuestas sobre el paradero de su hija, sin justicia.
Mónica Elizabet Acuña
Dos años después, el nuevo milenio trajo la desaparición de Silvia Mabel Picón (2000), otra empleada de comercio, cuyo rastro se perdió tras subir al auto de su ex pareja. Crímenes perfectos amparados por el silencio de la estepa.
Silvia Mabel Picón
La lista se engrosó con la brutalidad institucional. En 2003, Iván Eladio Torres entró a la Seccional Primera del centro de la ciudad y nunca salió. Su desaparición forzada condenó al Estado ante la Corte Interamericana, pero Iván sigue sin aparecer. Ese mismo año se perdió Pablo Andrés Plascencio, un joven con retraso madurativo y ceguera parcial, tragado por la burocracia.
Iván Eladio Torres
Y en poco tiempo siguieron cayendo las fichas del oscuro dominó:
-Sonia Esther Toro (2005): Desaparecida tras dejar a su hija en el colegio.
-Héctor Hipólito Quijano (2006): Un video lo mostraba siendo seguido por policías; la cinta fue “convenientemente” dañada.
-María Isabel Maldonado (2006) y Jorge Humberto Díaz (2006): Nombres que se apilaron en expedientes amarillentos hasta el día de hoy.
-Ariel Rosario Curin (2007) y José Heriberto Barrientos (2007): Trabajadores olvidados por el sistema.
-Leandro Arturo Díaz (2009): El chapista que dejó su taller abierto y “se evaporó”.
Nueva decada, nuevos casos
El año 2010 trajo horror para la familia Díaz. A un año de la desaparición de Leandro (mencionado más arriba), su hija, Ángela Carolina Díaz (21 años), también desapareció. Padre e hija, borrados del mapa con meses de diferencia, dejando un hogar vacío y preguntas que nadie se atreve a responder en voz alta.
Ángela Carolina Díaz
La modernidad trajo cámaras de seguridad, pero no respuestas. En 2016, Nicolás Capovilla, un corredor de 35 años, fue filmado trotando por el centro. Dobló una esquina y entró en la nada. Ni un rastro en los acantilados, ni una señal de su celular. Solo el viento.
Nicolás Capovilla
Un año después, en 2017, desaparecieron dos mujeres más: Gladys Garay Esteche y Norma “Lily” Carrizo. El caso de Norma es emblemático: tomó un remis en Comodoro, bajó en Rada Tilly y “se disolvió”. Su habitación sigue intacta, esperando a una mujer que no tenía motivos para irse.
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Norma “Lily” Carrizo
La geografía como cómplice
En 2020, Victorino Joursin, un jubilado con Alzheimer, salió a caminar por Km 11. Se desplegaron drones, perros y helicópteros. Nada. La tierra se lo tragó, siendo visto por última vez cerca del predio militar de la zona norte y la escombrera municipal de Km 17.
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Victorino Joursin
La historia se repitió con crueldad en octubre de 2025. Juana Morales (69) y Pedro Kreder (79) salieron a dar una vuelta en su camioneta. El vehículo apareció empantanado en Rocas Coloradas, un paisaje lunar de arcilla y mar. De ellos, ni rastro. Se encontraron fogatas, señal de que sobrevivieron las primeras noches, pero el rescate llegó tarde.
Juana Morales y Pedro Kreder
El Mar que devuelve (a veces)
No todos desaparecen para siempre. Algunos regresan de la forma más macabra. El caso de Diego Barría (2023) sacudió los cimientos de la ciudad: desapareció tras un aparente accidente en su cuatriciclo por la zona de Rocas Coloradas y días después, pescadores encontraron su antebrazo dentro de un tiburón. El mar esta vez devolvió la evidencia. Otros, como Gustavo Zoratti (2021) o el peón Luis Sea (2024), fueron hallados muertos tras meses, víctimas de la hipotermia o accidentes, ocultos por la misma geografía que aísla y mata.
Enero de 2026: La ciudad sale a la calle
Llegamos al presente. El verano de este 2026 no trajo alivios, sino enojo colectivo. El 7 de enero, Diego Ezequiel Serón (28 años) salió a buscar una “changa” de albañilería en el barrio Las Flores. No llevó billetera, solo su celular y las ganas de trabajar. Hasta la fecha de publicado este informe no regresa. Su familia fue a la comisaría y chocó con el viejo muro: “Hay que esperar”. Mientras la policía pedía paciencia, la familia salió a la calle y recurrió, como ocurre de manera ininterrumpida, a Crónica y los demás medios de comunicación buscando toda la ayuda posible.
La bronca se multiplicó cuando, en la misma semana, apareció el cuerpo de Valeria Schwab, hallada con signos de muerte violenta al pie del Cerro Chenque luego de salir a correr y pasar horas desaparecida. La confirmación de que en Comodoro, desaparecer suele ser sinónimo de morir, encendió una masiva marcha espontánea que gritaba por una sola cosa: justicia.
Una lista que duele
Hoy, la lista oficial reconoce más de 20 casos activos. No son números, son huecos en la mesa de los domingos de una veintena de familias:
1-Alejandra del Carmen Sales (1994)
2-Hernán Enrique Soto (1997)
3-Araceli Linares (1998)
4-Mónica Elizabet Acuña (1998)
5-Silvia Mabel Picón (2000)
6-Iván Eladio Torres (2003)
7-Pablo Andrés Plascencio (2003)
8-Sonia Esther Toro (2005)
9-Héctor Hipólito Quijano (2006)
10-María Isabel Maldonado (2006)
11-Jorge Humberto Díaz (2006)
12-Ariel Rosario Curin (2007)
13-José Heriberto Barrientos (2007)
14-Leandro Arturo Díaz (2009)
15-Ángela Carolina Díaz (2010)
16-Hilda Suárez (2013)
17-Nicolás Capovilla (2016)
18-Gladys Garay Esteche (2017)
19-Norma “Lily” Carrizo (2017)
20-Victorino Joursin (2020)
21-Juana Morales (2025)
22-Pedro Kreder (2025)
23-Diego Serón (2026 – Búsqueda activa)
Comodoro Rivadavia ostenta un estandarte que ninguna ciudad quiere: el de ser literalmente un triángulo de las Bermudas en tierra firme. Ya sea por la impericia policial, la violencia machista, los ajustes de cuentas, la negligencia judicial o la inmensidad de una naturaleza que no perdona errores, aquí la gente falta. Y el viento, único testigo de todos ellos, sigue soplando sin decir una palabra.
La acumulación de tantos casos no resueltos en una población de 200.000 habitantes supera ampliamente los ratios de provincias vecinas como Santa Cruz y de ciudades con perfiles demográficos similares. Representa una falla sistémica en la resolución de casos complejos a lo largo de tres décadas.
En la patagonia, a veces la verdad tarda más en llegar que el olvido.
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Crédito de la fuente original: www.diariocronica.com.ar
