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América Latina después de Venezuela

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La Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de EEUU, concebida ad maiorem gloriam del actual inquilino de la Casa Blanca, plasma en el Corolario Trump de la Doctrina Monroe, o Donroe, lo que se pretende sea el futuro del Hemisferio Occidental. Nada menos que todo el continente americano, incluyendo a América Latina y el Caribe.

El objetivo es doble. De un lado, proteger las fronteras estadounidenses y su seguridad interior de agresiones externas (narco tráfico, migraciones, etc.) movilizando los recursos militares adecuados. Del otro, neutralizar la presencia china y de otros actores extra hemisféricos a la vez que garantizar el funcionamiento de las cadenas de suministro y el acceso a productos estratégicos.

Llegados a este punto, la gran duda es si se cumplirán los objetivos planteados, especialmente el que busca contener la expansión regional de la República Popular China.

Precisamente, poco después de publicarse la ESN, se conocía el “Documento sobre la política de China hacia América Latina y el Caribe”, que, entre otras cosas alude a esa “maravillosa tierra llena de vitalidad y esperanza”. Contrasta el tono de los dos documentos, si bien, más allá de la retórica, a nadie se le escapa el mutuo hegemonismo de ambas propuestas.

En un mundo donde las formas todavía cuentan, la diferencia a favor de China es notable en su búsqueda de articular un relato más próximo al “sur global”. Pero eso no basta, ya que, como muestra el intento de Javier Milei de articular un grupo regional “contra el cáncer del socialismo”, las preferencias se pueden decantar hacia un lado o hacia el otro.

El operativo militar que llevó a Nicolás Maduro ante la justicia de Nueva York por diversos delitos vinculados al tráfico de drogas sigue el guión del Corolario Trump.

También es un aviso a navegantes sobre los propósitos regionales de Washington y sus verdaderos límites. La ESN pretende que América Latina sea el “socio predilecto” de EEUU, mientras desalienta “por diversos medios… su colaboración con otros”. Si bien no habla de democracia, la alternativa es “vivir en un mundo liderado por EEUU, con países soberanos y economías libres, o en uno paralelo, influido por países del otro lado del mundo”.

La apuesta es apoyar a los gobiernos y a los políticos afines, mientras se amenaza a los más rebeldes. Hubo desacuerdos, luego reconducidos, con Brasil, Colombia y México, junto a amenazas al régimen castrista. Según el Wall Street Journal, EEUU busca un cambio de régimen en Cuba antes del final de año, cuando, como algunos especulan, un mal resultado de las elecciones de medio término, especialmente en la Cámara de Representantes, podría cerrar la actual ventana de oportunidad.

A la vista del precedente venezolano, ¿realmente se quiere un cambio de régimen en Cuba? El experimento de los hermanos Rodríguez no supone, al menos de momento, nada parecido a una transición a la democracia. ¿Qué pasará en Cuba con la bendita transición, sin riquezas para explotar y ni siquiera con una oposición medianamente articulada? ¿Más allá de sacar a Miguel Díaz-Canel del poder, se podrá desarticular a la dictadura castrista?

En materia de seguridad y defensa probablemente los postulados recogidos en la Donroe tendrán más eco que en política y economía. En Perú, ya se habla de una inversión de 1.500 millones de dólares para modernizar las instalaciones navales de El Callao, en un claro intento de neutralizar al puerto chino de Chancay, o incluso de la compra de aviones de combate F-16. Mientras tanto se intensifican las presiones sobre los gobiernos amigos, y no tan amigos, para frenar cualquier iniciativa que amenace los intereses estadounidenses.

La duda en América del Sur, donde China es el principal socio comercial, más que en América Central, México y el Caribe, es si el mercado de EEUU podrá reemplazar al chino y si sus inversiones serán capaces de equiparar a otras que en los últimos años han seguido una constante línea ascendente. Ya se ha visto como, en el Brasil de Bolsonaro o en la Argentina de Milei fue prácticamente imposible romper esos fuertes lazos económicos.

Por otra parte, si la idea para frenar a China pasa por identificar a campeones latinoamericanos que en base a la ideología busquen articular grupos regionales para reforzar las posturas ultraconservadoras, el fracaso está garantizado. Unasur y Prosur muestran las deficiencias de unos proyectos que subordinan los intereses nacionales a los sesgos ideológicos.

También puede ocurrir que los intentos de imponer el nuevo corolario generen más resistencias que las inicialmente pensadas. Si bien allí donde se han hecho encuestas, como en Argentina, Brasil, Colombia, Panamá y Perú, además de en Venezuela, la mayoría de la población apoyó la salida de Maduro, nadie garantiza su carácter irreversible.

¿Se mantendrá el apoyo a esta sui generis pax americana o, por el contrario, la descarnada política trumpista, hoy centrada en el petróleo venezolano y mañana quién sabe en qué, reactivará el atávico nacionalismo latinoamericano con su pesada carga antiimperialista?

Carlos Malamud es Catedrático de Historia de América de la UNED, investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano, España.

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