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Hermoso, brillante y fugaz. Así fue el genio fundador de Pink Floyd, Syd Barrett. No solo es una de las grandes fuerzas del rock desde los 60 en adelante, sino también una tragedia que alcanzó el estatus de mito.

Ahora, un nuevo libro —aún en inglés— desvela facetas desconocidas de la potencia creativa detrás de The Piper at the Gates of Dawn. Ese álbum irrepetible fue el motor sonoro, el “dominio astronómico”, de uno de los más grandes grupos de la historia.

La nueva historia oral del escritor Mark Blake, Shine On: The Definitive Oral History, redefine la vida y el drama de Barrett como un naufragio psiquiátrico custodiado por un pacto de silencio familiar.

Mark Blake y la salud mental: más allá del mito del LSD

Si bien existen versiones interminables y documentales extraordinarios como el reciente Have You Got It Yet?, Blake aporta una mirada definitiva. Como experto en la materia -escribió varios libros sobre el grupo y otros clásicos de los 60-, construye un relato donde testifican los miembros de la banda, la familia de Barrett, amigos de la infancia y figuras como Pete Townshend, líder de The Who.

Blake rescata testimonios y cartas que cambian el eje hacia la salud mental pura, despojando al músico de la gastada mitología del abuso del ácido. El libro rasga el velo de la mística y expone que la familia Barrett prefirió el misterio de la locura antes que el estigma de un diagnóstico que, bajo estándares actuales, habría situado a Syd dentro del espectro autista o la esquizofrenia.

La hermana de Syd es contundente al respecto:

“Era sumamente meticuloso, muy entusiasta, muy enfocado. En los años 50 y 60 nunca habíamos escuchado la palabra ‘autista’, y me alegra que mi hermano nunca fuera diagnosticado porque probablemente lo habrían tratado con alguna medicación espantosa. Pero todos estamos en algún punto de ese espectro, y él estaba bien del otro lado”.

Nunca sabremos si esa decisión dejó a Syd navegando una tormenta biológica sin mapas ni medicación. Ese pacto de silencio permitió que Barrett habitara su propia arquitectura cerebral, que terminó cediendo bajo el peso de una fama que nunca pidió.

El diagnóstico oculto en Cambridge

El padre de Syd, un patólogo de renombre en Cambridge, detectó comportamientos atípicos en su hijo desde la infancia. Sin embargo, la orden familiar fue clara: proteger la intimidad a costa de la verdad clínica.

Blake desarma este hermetismo revelando que el colapso de Barrett probablemente estaba escrito mucho antes de que el primer cartón de LSD tocara su lengua.

Cartas inéditas de Syd Barrett: el sismógrafo de un colapso inminente

Un hallazgo notable del libro son las cartas inéditas escritas entre 1964 y 1965. Reunidas, funcionan como un “sismógrafo de un colapso inminente” para el corazón de Pink Floyd.

En enero de 1965, un Syd aún lúcido le escribía a su novia Jenny Spires: “Es curioso pensar que yo, con mi voz, voy a estar cantando a través de todo ese dinero”.

En ese entonces, bromeaba sobre el equipo de sonido y planeaba pintar cuadros “un poco pornográficos”. Barrett era un consumado artista plástico que ganaba premios en su adolescencia; sus excompañeros describen esas obras como piezas de un artista en su madurez.

La muerte de la sintaxis y la llegada de David Gilmour

Para agosto de ese mismo año, el genio ya admitía su caída: “Solo dibujaré, no puedo escribir”, confesaba en una carta balbuceante a su amiga, Libby Chisman. Ella define esa frase como la “muerte de la sintaxis”.

Al observar el deterioro final de Syd dos años después, la desconexión total le recordó a su propio padre tras sufrir un derrame cerebral: daño físico, erosión en los cables que conectan el pensamiento con la palabra.

La fisura más profunda aparece en otra carta a Chisman donde Syd confesaba su inseguridad: “Emo [un amigo de los miembros de Pink Floyd] dice que debería rendirme porque sueno horrible… y lo haría, pero no puedo convencer a David Gilmour de que se una”.

Syd ya sabía que necesitaba a Gilmour tres años antes de que el grupo lo reemplazara por supervivencia.

El eclipse de Barrett y el reporte clínico en “Brain Damage”

David Gilmour —quien abre el libro con un prólogo— admite hoy que el deseo de seguir vivos como grupo superó al compañerismo. Un pacto que cargaron como una deuda de gratitud y culpa durante décadas.

Y Roger Waters confirma en el libro que la letra de “Brain Damage” (The Dark Side of the Moon) es el reporte clínico de ese instante: el “loco que está en el césped” describe a Barrett caminando por los jardines del King’s College, perdido en un cuarto oscuro dentro de su propio cráneo. “Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo”, como remata extraordinariamente la canción

El retiro en Cambridge: bricolaje psicótico y jazz

La vida final de Barrett en St Margaret’s Square, lejos del “Van Gogh del Pop” que imaginaba la prensa, fue según su hermana Rosemary como un “ejercicio de bricolaje psicótico”. Ella lidiaba con los fans mientras su hermano le suplicaba: “por favor, no hables con esa gente”.

Syd dedicaba sus días a cambiar los picaportes y pintar cada pared de un color distinto porque, según él, “eran todas paredes diferentes”. Incluso intentó recablear el sistema eléctrico de su casa.

Acaso un eco trágico de aquellos “cables fundidos” en su propio cerebro como define con tristeza en el libro el productor Joe Boyd (quien descubrió y fue manager de Barrett y Nick Drake).

Esa luz que iluminó la psicodelia se apagaba al mencionar su pasado: el autor de “Astronomy Domine” se deprimía automáticamente ante el nombre de Pink Floyd o el recuerdo de su pasado como músico.

En sus últimos años, el genio que había ayudado a inventar el futuro del rock se refugió “en un puñado de discos de jazz. Tenía apenas 10 CDs, con Thelonious Monk entre sus preferidos”.

En esa intimidad custodiada en Cambridge, el libro de Mark Blake ilumina ciertas sombras. Shine On… no es solo el título de una historia oral, es el último destello sobre un hombre que prefirió apagar su propia estrella para descansar en paz.

El eclipse de Syd Barrett fue, quizás, su última obra de arte.

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Crédito de la fuente original: www.clarin.com