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Venezuela, arma de uso local y moneda de cambio

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Visto desde la Argentina, el caso Venezuela, como tantas otras cuestiones internacionales, se usa como moneda de cambio para intercambio local. Y en los EE.UU. es un arma arrojadiza para los intereses electorales de los partidos.

En los años de las presidencias Kirchner, Venezuela fue terminal de negocios y prestamista de última instancia, – y el más caro – lo que no impidió al peronismo ganar elecciones hasta que declinó en 2015. Las campañas antichavistas del macrismo y Cambiemos les permitieron prosperar en 2015, pero no les bastaron para reelegir en 2019. En este turno, la bandera antichavista la tomó Patricia Bullrich, a quien el gobierno le cedió la vocería del tema. ¿Para qué la usó? Para criticar a Horacio Rodríguez Larreta. ¿No tenía otro adversario a quien dispararle?

Bullrich tomó una bandera internacional para atacar, por internismo de familia, a un concejal de su propio distrito. Tuvo el mismo gesto que le hizo perder a Cambiemos las elecciones de 2023. Esas elecciones estaban ganadas desde 2021 y las perdieron porque Bullrich, con Macri detrás, se dedicó a atacar a la propia familia como si eso no se cobrase en las urnas.

Bullrich cuando ataca a Larreta está atacando un electorado que comparten, pero pertenecen a una formación a la que el ensimismamiento y la endogamia han reducido a un proyecto vecinal que pelea por retener el último bastión que le queda.

Chávez hizo fracasar al Parlasur

No es el único caso de uso doméstico de una bandera global. Durante sus años de vigencia, el gesto imperialista de Hugo Chávez de crear agrupaciones que le respondieran en todos los países de la región, financiadas con petrodólares, impidió que se integrase el parlamento del Mercosur.

Países como la Argentina, Uruguay y Brasil se negaron a hacer elecciones para elegir diputados del Parlasur con atribuciones plenas para legislar para la región, al ver que Chávez podría intervenir a través de agrupaciones locales que le respondían. Por acá estaba como emblema Luis D’Elía, que podía meter en el Parlasur diputados chavistas con la escarapela argentina. Los realineamientos de urgencia están a la orden del día.

En marzo próximo el Grupo de Puebla, la liga regional más abrillantada de la izquierda latinoamericana tiene previsto un encuentro en Oaxaca. El periodista argentino Milton Merlo, corresponsal en México del diario ABC de Madrid, reseña en estos días los reparos que tienen los dirigentes de esa liga frente a la detención de Maduro. Preocupa, entre otras cuitas, el pacto que pueda negociar el detenido ante la justicia de Manhattan para aliviar sus desgracias.

Anticuerpos y arrepentidos

En Estados Unidos rigen lo que Brasil denomina las delaciones premiadas, figura que por acá promueve el arrepentimiento como alivio a una pena judicial. A este respecto Merlo cita el cuidado de ese grupo, que conduce el chileno Marco Enríquez-Ominami, confidente en su momento de Cristina de Kirchner y de Alberto Fernández, por lo que pueda contar Maduro a los jueces sobre las tareas de mediación del ex premier José María Rodríguez Zapatero y del creador de Podemos, el hoy empresario de comunicaciones Pablo Iglesias.

Esta trama interesa no sólo en México y en la región, sino también en España, adonde el gobierno de Pedro Sánchez tiene un tránsito dificultoso para conservar el actual apoyo legislativo por sus relaciones con el separatismo catalán. El peor escenario para el socialismo español es que se toquen estos cables cuando Maduro empiece a cantar en Manhattan.

Los organizadores del encuentro en Oaxaca, dice Merlo en su crónica para el ABC desde Ciudad de México, creen que los dos políticos españoles, Zapatero e Iglesias, pueden generar anticuerpos en los jefes de Estado que podrían asistir a la reunión. El foro será la ocasión para enviar mensajes contra el intervencionismo de Washington, la ruptura del orden jurídico internacional y las quejas por la intención de Trump de controlar el petróleo venezolano.

Argentina puede dar clases de pacifismo

La intervención de los EE. UU. en Venezuela intercepta a la región más pacífica del mundo, que había arrinconado en la última década a los bolsones de autoritarismo de Cuba, Venezuela y Nicaragua como excepcionalidades condenables y sin futuro.

Esta irrupción afecta a la Argentina que, dentro de esta región pacífica, es el país más pacífico de todos. Heredó de la transición un desarme interno y externo que le ha permitido un recital de convivencia con los países limítrofes.

En la era Alfonsín se terminó con el conflicto con Chile, que completó Menem con la apertura de todos los pasos cerrados desde la dictadura militar. Los conflictos que siguieron han sido rabietas de ocasión que no llegaron a convertirse en conflictos.

Es oportuno recordar que, en este terreno, la Argentina puede darle clase al mundo de convivencia pacífica y por esa razón tiene ya en carrera a dos candidatos a ocupar la Secretaría General de la ONU que se resuelve antes de fin de año: el atómico Rafael Grossi, oficializado por el gobierno Milei, y la estratega Virginia Gamba, que ya anunció que competirá respaldada por otros países.

Los otros candidatos también pertenecen a la región que puede venderle paz al mundo, como son Michelle Bachelet de Chile, la costarricense Rebeca Grynspan y la mexicana Alicia Bárcena. Para empujar este rol pacificador, no contribuye la agenda belicosa del gobierno, que quiere meter al país en conflictos cuyo peso ni velocidad puede controlar.

Le ocurrió antes a Menem cuando incursionó en la crisis de Medio Oriente y recibió retaliaciones sangrientas con dos atentados. Ahora el gobierno respalda a Grossi para regentear la ONU cuando a la vez apoya los planes de Trump para achicar la ONU y mientras, Milei no deja ocasión sin repetir que la ONU no sirve para nada y que tiene una agenda equivocada. No es la mejor campaña para Grossi, que ya tiene problemas de circulación por la amenaza del gobierno de Irán sobre su persona.

La Argentina, socia fundadora

La Argentina tiene además doctrina para aportar al clima de paz que necesita el mundo. América Latina fue el continente donde durante 50 o 60 años se gestaron las reglas de convivencia entre los estados más importantes y que más influyeron en el mundo en el siglo XX.

El embajador Juan Archibaldo Lanús, estudioso además de estas cuestiones, ha dicho que “inventamos una serie de reglas que empezó a final de 1889, cuando Sáenz Peña y Manuel Quintana fueron a Washington a la primera conferencia regional”.

Se inicia entonces un proceso donde se va creando una especie de corpus de conductas entre los estados, de convivencia política pacífica, la no injerencia en los asuntos internos, no meterse contra cuestiones territoriales, el arbitraje, etc. Todas esas ideas, no una, todas son de América Latina y nacieron de la Argentina. “Carlos Saavedra Lamas, – recuerda Lanús-, convence al presidente Roosevelt de cambiar la política americana. Y establece la política del buen vecino. Este corpus era único en el mundo.

En Asia era el poder de los imperios, el gran poder chino. En Europa eran los imperios, en Estados Unidos era el aislacionismo y el intervencionismo. Cuando Stalin propone a Roosevelt en la conferencia de San Francisco lo que llamó las zonas de influencia, Roosevelt lo rechaza y dice “un mundo, no varios mundos”. Y es ahí donde se incorporan todas las normas de este corpus jurídico de América Latina.

Era la única que existía. Todas las reglas de Naciones Unidas son argentinas. Más aún, si se analiza la Carta de Naciones Unidas, en ningún lado habla de democracia, en ningún lado habla de economía de mercado. No, porque todos tienen que participar en esto, entonces van a participar también los socialistas, los democráticos, los menos democráticos, los medio comunistas, etc. Esa era la idea de one world”, concluye Lanús.

El fin de la utopía

La historia, que enseña por analogía, no por identidad (Henry Kissinger), puede entenderse como el ordenamiento que se hace desde la interpretación de la historia.

En su tesis doctoral (“Un mundo restaurado”, 1957) Kissinger identificó vio analogías entre el Congreso de Viena, que puso fin a las guerras napoleónicas, y la Conferencia de París de 1919, que siguió a la Primera Guerra Mundial.

El primero fue una respuesta que eludió la venganza y produjo un siglo de calma. Versalles, en cambio, impuso un acuerdo punitivo que produjo una paz de los vencedores y resultó en desastre. Y nos hunde en la pregunta nunca respondida: ¿cómo pudo el mundo sostener hasta 1989, caída del muro, un ciclo pacífico que nos acercó casi a la utopía igualitaria del estado de bienestar y la renta universal?

Nadie la imaginó así, seguramente, pero ocurrió entre 1814 y la crisis que vivimos ahora con dos o tres bisagras. Esta misma duda se transmite a otra más profunda: ¿podrá estallar de nuevo la paz después de este alarde de fuerza que hacen los titanes de EE. UU., Rusia y China? ¿Podrá hacer la historia otra proeza semejante a la que nos ha tocado vivir?

Trump, un Robespierre del siglo XXI

Circula en estos días una lectura del final de la Segunda Guerra Mundial que puede ilustrar por analogía, siempre, los hechos que leemos en los diarios. El historiador inglés Alan Allport revisa el debate entre Winston Churchill y Franklin Roosevelt sobre cómo y para qué terminar con la guerra contra el Eje.

Allport imagina un escenario donde Churchill intentó hasta el último momento una ayuda limitada de los Estados Unidos en la guerra, para poder controlar la posguerra y salvar los restos del imperio británico. Roosevelt, en cambio, era un crítico de ese sistema y demoró el apoyo hasta imponerle a Churchill un programa que evitase la prolongación del imperio global de Gran Bretaña.

“El hijo del presidente, Elliott Roosevelt – cuenta Allport – recordó más tarde cómo se le enrojecía el cuello a Churchill mientras su padre le daba lecciones sobre la necesidad de un comercio libre de aranceles para la paz internacional. Y FDR continuó: “No puedo creer que podamos librar una guerra contra la esclavitud fascista y, al mismo tiempo, no trabajar para liberar a los pueblos de todo el mundo de una política colonial retrógrada”. La escena, dice Allport, ocurrió en la primera reunión de los dos estadistas en bahía de Placentia, Terranova, en agosto de 1941. Desde ese encuentro a bordo del USS Augusta, remata Allport, el presidente estadounidense había estado instando a Churchill a abandonar la política colonial retrógrada de Gran Bretaña. “En comparación con el conservador Churchill – escribe Allport -, Roosevelt era un Robespierre consumado, un revolucionario mundial”. Acaso Trump con el gesto de terminar con el dilema de Maduro resistiendo sobre la montaña de petróleo y gas desde la vereda de enfrente, actuó con la impiedad de un Robespierre revolucionario” (“Advance Britannia The Epic Story of the Second World War, 1942-1945”, Knopf, 2026).

Apogeo del “Tariff man”

El cambio que trae la segunda presidencia de Trump es la imposición de tarifas para cerrar la economía de su país, en contra de la apertura librecambista que significaron los acuerdos de Bretton Woods que han regido hasta ahora.

En ese punto Trump de erige como el “Tariff Man” revolucionario que fascina a los anti globalistas con lemas como “Soy un defensor de los aranceles. Cuando personas o países vengan a saquear la gran riqueza de nuestra nación, quiero que paguen por el privilegio de hacerlo”. Los contradictores de Trump creen que el sistema tarifario, en el mediano y largo plazo, dañan a la economía de su país y a la del resto del mundo.

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