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Un cuarto de siglo atrás, no existían las plataformas de streaming, las redes sociales ni la inteligencia artificial, entre muchas otras cosas. Pero sí llamaba la atención una voz rasposa, como milenaria, con elementos de las mejores tradiciones del jazz y del soul, combinados con materiales modernos de aquel 1999, problemático y febril. Macy Gray irrumpió en el escenario de la música con su disco On How Life Is (De cómo es la vida), y se transformó en una superestrella a caballito de su balada I Try. El resto es historia.
Al día de hoy, Macy Gray ha vendido veinticinco millones de discos a lo largo de una carrera que comenzó con un álbum que arrancó con más de siete millones y que la depositó en la arena global.
No ha sido la suya una trayectoria que se aferró a la fórmula ganadora, sino que ha ido experimentando para bien o para mal con distintas texturas; hizo discos con nuevas canciones, replicó entero un álbum de Stevie Wonder (Talking Book, 1972), colaboró con artistas tan disímiles como los rockeros Velvet Revolver, Erykah Badu o Ariana Grande, y realizó versiones muy extrañas de temas como Sunny (de Bobby Hebb, popularizada en la Argentina por Johnny Rivers), o Creep de Radiohead. En total, acumula 10 álbumes de estudio, algunas compilaciones y un registro en vivo.
Ahora está cerrando una gira celebración del cuarto de siglo de aquel primer disco tan amado y vuelve a la Argentina después de doce años para presentarse en el Gran Rivadavia de Floresta el 12 de marzo.
Macy Gray responde a la llamada de Clarín con una confesión inesperada: no quiere ser vista a través del Zoom. Un accidente doméstico –un choque contra una puerta mientras hablaba por teléfono- le ha dejado la cara hinchada. “Te aseguro que no querés ver esto: saldrías corriendo”, se excusa, simpáticamente. Sin embargo, su voz, esa textura inconfundible que parece cargar con la arena de siglos de historia, permanece intacta e inconfundible, dispuesta a conversar del presente -más no de la puerta-, el pasado y el futuro.
El álbum exitoso, repasado completo
“En estos conciertos tocamos On How Life Is completo, de principio a fin, pero el show es mucho más que eso; incluimos canciones de otros discos que nos encantan y también estamos probando dos temas del disco que viene. Para nosotros es una celebración que compartimos con el público, como si saliéramos juntos para divertirnos, ser nosotros mismos, gritar, bailar y soltar cualquier preocupación”.
-Tu nuevo álbum tiene un título curioso: Love Song for Big Hearts and Robots (Canciones de amor para grandes corazones y robots). ¿De dónde viene esa idea?
–Mi teoría es que poco a poco nos estamos convirtiendo en robots. La tecnología nos está matando el cerebro y el día a día, definitivamente, está matando la música; creo que la IA en la música es un gran error. Mi mensaje es que, aunque te estés convirtiendo en un robot, todavía podés disfrutar de una canción de amor. El mundo cambia, pero los sentimientos permanecen.
-Hablando de sentimientos, publicaste en tu Instagram una airada defensa de la participación de Bad Bunny en el Super Bowl, por las amenazas que recibió al decidir cantar en castellano. ¿Pudiste ver el show? ¿Qué te pareció?
-¡Sí! Lo vi y me encantó. Tenía mucho simbolismo y un mensaje profundo que, si no prestabas atención, te lo perdías. No entiendo por qué la gente se obsesiona con el idioma. En la mayoría de las canciones, incluso en inglés, ni siquiera entendés lo que dicen. Creo que la gente busca motivos para enojarse en las redes sociales. Su música es increíble y él es mucho más que un simple músico.
-Muchos dicen que tenés “una voz milenaria en un cuerpo joven”. ¿Cuáles son tus referencias? ¿Vienen del jazz o del soul?
-De los dos lados, escucho mucha música vieja. Mis referentes han sido Aretha Franklin, Nina Simone, Billie Holiday y Stevie Nicks, entre muchas otras. Supongo que por eso sueno como una anciana de cien años. Pero no pienso mucho en mi voz, sólo recurro a quienes me enseñaron.
-Al mirar atrás, a ese primer álbum que hoy celebrás, ¿quién era la Macy Gray anterior a ese primer trabajo?
–Era alguien que no sabía lo suficiente como para dudar de sí misma. No era lo suficientemente madura para pensar que mis sueños eran imposibles, aunque se transformaron en realidad, y esa es la belleza de tener veintipico de años: tenés la oportunidad de cometer errores y absorber conocimientos, sin un plan maestro para conquistar el mundo. Si tuviera la mentalidad que tengo ahora a esa edad, nunca lo habría logrado. Me habría quedado paralizada pensando en todo lo que podría salir mal.
Una artista de ninguna tribu
-En tus inicios se te asociaba más que con el hip hop, con el trip hop. Grupos como Massive Attack, Portishead, Sneaker Pimps, Morcheeba. ¿Sentías que pertenecías a alguna de esas dos tendencias?
-¡No lo sé! Eso es muy específico. No, no me consideraría una artista de trip hop, aunque me encantan esas bandas, sobre todo Morcheeba. La gente siempre necesita poner etiquetas cuando alguien hace algo diferente. Yo tomo cosas del hip hop, sobre todo el fraseo y el juego con las palabras, pero el hip hop es una especialidad y yo no pretendo ser lo que no soy.
-Debe ser muy difícil comenzar una carrera con un disco que vendiera tanto como On How Life Is, muchos artistas se hunden tras un primer disco tan exitoso. ¿Para vos fue una libertad o una carga?
-Es lo que se suele decir en el mundo del espectáculo referido a los discos. El primer álbum es especial porque tenés un millón de canciones escritas desde que eras una niña. Y la compañía grabadora está muy encima tuyo, porque saben que no tenés experiencia y podés meter la pata. Cuando llega el éxito y grabás el segundo, las cosas cambian: de pronto tenés poder y libertad. Por eso el segundo disco siempre es una experiencia tan diferente; ya sos consciente de lo que hacés, y a veces eso te aleja del hecho artístico. La compañía, por supuesto, no quiere que vos cambies, pero al mismo tiempo es muy difícil duplicar algo sin estancarte.
-¿Es verdad que no querías que I Try, el tema que cambió tu carrera, fuera un corte de difusión?
-¡Mi mánager tuvo que pelearse con la discográfica por eso! Volvemos al tema de la edad: yo tenía veintitantos años y mi sueño era entrar a una discoteca, que el DJ estuviera poniendo mi canción y que toda la gente bailara desenfrenadamente. No quería una balada porque no podía provocar eso. Además, pensaba que la letra era demasiado complicada y el estribillo muy enrevesado, con muchas palabras. Ahora, si querés que te hable con la perspectiva actual, te tengo que decir honestamente que veinticinco años atrás ninguno de nosotros sabía realmente lo que estábamos haciendo.
Con las canciones en el mismo lugar
-¿Cómo te sentís al cantar esas mismas letras hoy? ¿Han cambiado de significado para vos? ¿Les encontrás un nuevo sentimiento?
-Las veo como canciones viejas, pero en el escenario ocurre algo mágico: me transporto exactamente al lugar donde estaba cuando las escribí. Vuelvo a ese origen y eso es lo que me permite interpretarlas con sinceridad y no ser un robot.
-Hay una canción de un compositor argentino, Luis Alberto Spinetta, que decía que “sólo el amor puede sostener”. Mirando el caos del mundo actual, ¿qué creés que nos mantendrá en pie en los años que vienen?
¡Y tiene razón! Definitivamente, creo que nos va a sostener la fe y el amor. Todos necesitamos creer en algo; incluso no creer en nada es una creencia. El amor es la raíz de todo. Puede que no te levantes diciendo “necesito amor”, pero todo lo que hacés al salir de tu casa -cómo te vestís, cómo trabajas para ganar dinero, cómo comés- está ligado a esa búsqueda de atención o cuidado para el corazón. La gente cree que busca dinero, pero en realidad buscamos que alguien cuide nuestra alma. Eso, la religión y la comida, son para siempre. La tecnología, en cambio, es un error en el arte si no se la utiliza con buen criterio.
-Tu última visita a Buenos Aires fue hace más de doce años. ¿Qué recuerdos guardas de la ciudad y de aquel show? Se cuenta que se te vio muy divertida.
-¡Es verdad! ¡Recuerdo mucha comida y mucha fiesta! (Risas). Tengo un recuerdo muy específico: un amigo nos invitó a un barco y terminamos cenando allí con los muchachos de Duran Duran, que también estaban en la ciudad. El anfitrión era un chico muy buen mozo y la pasamos increíble. No tuve tiempo de hacer turismo real, así que esta vez tengo muchas ganas de volver, caminar por la ciudad y ver qué tiene Buenos Aires para ofrecer porque en verdad, no tuve tiempo de recorrerla. Eso sí, hubo comida todo el tiempo, de manera que voy a tener que andar con cuidado para no volver con exceso de equipaje.
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Crédito de la fuente original: www.clarin.com
