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La campana del noveno round suena. Arturo Gatti avanza tambaleante al centro del ring, guardia desvencijada, en el ojo derecho una nube morada.
Micky Ward lo espera con la paciencia de un verdugo. Un gancho de zurda al hígado lo parte en dos y Gatti cae de rodillas con un rictus animal. Tarda, tarda. Finalmente se pone de pie, como si la vergüenza le inflara los pulmones, y vuelve a morder el aire.
Le siguen pegando, pero empieza a devolver con impactos limpios. Tres minutos después, ambos han vaciado la artillería: una ráfaga de 102 golpes de poder en una sola vuelta.
The Ring, la revista decana del boxeo, la consagró como la pelea del año 2002, y ese noveno asalto fue bautizado como el “round del siglo”. A Gatti le tocó perder, pero fue lo de menos.
Dos veces campeón del mundo en categorías distintas, era un boxeador que se negaba a caer. Su biografía se lee como un pasaporte sellado a golpes: nacido en Cassino (Italia), formado en los rings de Montreal (Canadá), ídolo en Atlantic City (Estados Unidos) y, ya retirado, muerto en un final oscuro en un hotel de Pernambuco, Brasil.
Su muerte, el 11 de julio de 2009, ocurrió luego de una discusión en la calle y todavía está rodeada de misterio. ¿Se suicidó? ¿Lo mataron? En todo caso, mantiene viva la leyenda de un boxeador que peleó -y vivió- como si cada campana fuera la última.
Convirtió la resistencia en show e hizo de cada intercambio de golpes una apuesta emocional.
Rendirse, jamás
Gatti vino al mundo a 120 kilómetros de Roma, el 15 de abril de 1972. La familia se mudó a Montreal y allí se crio, boxeando de amateur con la bandera canadiense. Integró el equipo nacional y parecía encaminarse a los Juegos Olímpicos de Barcelona ‘92, pero la impaciencia (ese resorte íntimo que lo definiría para siempre) lo empujó antes: a los 19 años se hizo profesional. Partió a Jersey City con una valija, hambre de pelea y una pegada que sonaba a madera verde astillándose.
Debutó en 1991 con un triunfo por nocaut técnico y, tras la primera derrota por decisión dividida, encadenó victorias furiosas que lo llevaron rápido a la puerta grande. El 15 de diciembre de 1995, en el Madison Square Garden, ganó el título mundial superpluma de la FIB ante Tracy Harris Patterson: pelea cerrada y tarjetas a favor del chico que nadie conseguía apagar. Había nacido el campeón, pero sobre todo el personaje: ese boxeador que hacía del riesgo un credo estético.
La primera defensa, ante Wilson Rodríguez, fue un manifiesto. El dominicano le cerró un ojo y lo mandó a la lona. Gatti respondió como siempre: fue al frente, encontró una ventana mínima y lo noqueó. Desde entonces, su boxeo pareció atado a una ley cruel: cuanto peor estaba la situación, más emocionante se volvía el desenlace.
Con Gabriel Ruelas dejó otra guerra inolvidable. Y cuando el calendario quiso humillarlo, lo hizo sin anestesia: 1998 lo trató con dureza -tres derrotas-, pero aquellos traspiés, lejos de aplacarlo, terminaron de forjar su leyenda de mártir voluntario del espectáculo.
El regreso a la gloria fue una mezcla de salvajismo y disciplina. Hubo noches breves, como esa de la demolición de Joey Gamache en el Madison Square Garden. Y hubo, sin dudas, noches imposibles, como las tres peleas con el irlandés Ward, que marcaron una época.
El primer capítulo, el 18 de mayo de 2002, fue derrota y pelea del año. La revancha, el 23 de noviembre de 2002 en Atlantic City, mostró a un Gatti más cerebral; el cierre, con la mano derecha fracturada y trabajando solo con la zurda, probó que el corazón también puede ser un plan ganador. La tercera, el 7 de junio de 2003, también en Atlantic City, fue un nuevo triunfo.
Nadie confundió jamás a Gatti con un estilista. Su oficio fue otro: convertir la resistencia en show, hacer de cada intercambio de golpes una apuesta emocional. Sus derrotas podían ser más atractivas que sus victorias.
Aprendió a medir (un poco) sus impulsos y en 2004 se coronó campeón mudial superligero del CMB al batir por puntos a Gianluca Brancoe. Dos defensas exitosas y en 2005 se enfrentó a Floyd Mayweather, una máquina perfecta. Le tiraron la toalla en el sexto: había límites, incluso para un suicida.
Subió a peso welter y en 2007, tras dos derrotas seguidas por nocaut técnico (una ante el argentino Carlos Baldemir), anunció que se retiraba. Lo dijo con humor: “Vuelvo… pero como espectador”. En ese personaje convivían la ferocidad del ring y la simpatía de la calle.
Su récord final (40 triunfos, 9 caídas) no cuenta la historia completa: sus peleas llenaban casinos y devolvían al boxeo la promesa de que el drama real aún era posible. La amistad con Ward, el antagonista ideal, fue el giro humano de la saga. Se convirtieron en cómplices de cenas y de golf.
Más que rivales, fueron espejos: cada uno completaba al otro en aquello que la afición quiere ver: dos hombres comunes capaces de exceder su propia medida.
Su hijo de 17 años, una joven promesa del boxeo, también apareció ahorcado.
Tragedia por dos
Tras el retiro, Gatti volvió a Montreal y se metió en desarrollos inmobiliarios. En 2007 se casó con la brasileña Amanda Rodrigues y, un año más tarde, nació su hijo varón Arturo Jr (con una relación anterior había tenido una niña llamada Sophia). Fuera del ring, aseguran, el ex campeón perdía con el alcohol en una pelea sin banquitos ni campanas.
Gatti y su esposa viajaron a Pernambuco en 2009. En el marco de ese viaje, él apareció ahorcado en un hotel de la playa de Ipojuca.
El caso, desde el primer día, fue un laberinto: arresto de Amanda Rodrigues, hipótesis cruzadas, una autopsia que habló de asfixia por suspensión, informes que mencionaron una correa de bolso, dudas técnicas sobre la resistencia de esa correa, una segunda autopsia en Canadá que señaló falencias de procedimiento y halló en el cuerpo del ex boxeador un fármaco (carisoprodol) y restos de alcohol.
En Brasil, finalmente, la causa se cerró como suicidio; en Canadá, el escepticismo persistió. La certeza judicial fue una; la certeza popular, otra. Y en el medio, la sensación de que la vida de Gatti merecía un final menos opaco.
No fue el último golpe al mito. En octubre de 2025, su hijo, Arturo Gatti Jr., promesa del boxeo aficionado, murió en Ciudad de México a los 17 años. Apareció ahorcado, como su padre. La noticia volvió a encender la memoria del ex campeón mundial: en redes, en portales, en ese territorio sentimental donde los héroes populares habitan por décadas. La tragedia se repitió con la crueldad de los malos cuentos.
¿Cómo narrar a Gatti sin convertirlo en un mártir? Se puede decir que fue, ante todo, un dramaturgo físico: encendía cada pelea con una estructura elemental -avance, castigo, caída, resurrección- y la resolvía con final abierto que dejaba al público tan feliz como exhausto. Su legado no está en la técnica ni en el palmarés, sino en la ética del espectáculo: el boxeador que jamás rehuyó la zona peligrosa, que hizo de su vulnerabilidad un arma corporal y narrativa.
Si se rebobina hasta aquel “round del siglo” contra Ward, lo esencial se hace evidente ahí mismo: el cuerpo al borde, la decisión de ponerse de pie cuando el cuerpo ya no da más, la apuesta por una última ráfaga que venga a cambiar la historia. A veces lo lograba; a veces no. De todos modos, el mundo era un lugar más intenso después de verlo pelear. Esa fue su obra.
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