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Ecos de una noche eterna: Cromañón, la herida que no cierra

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A 21 años de la tragedia de República Cromañón, la noche en que el rock se apagó entre el humo, la negligencia y la corrupción. Una herida abierta en la memoria colectiva argentina.

Era la víspera de Año Nuevo, pero el aire en Buenos Aires pesaba más que de costumbre. Era el 30 de diciembre de 2004, una noche de calor sofocante en el barrio de Once, donde miles de jóvenes buscaban despedir el año con la mística del “rock barrial”.

La banda Callejeros cerraba una seguidilla de tres conciertos en el local República Cromañón. Nadie imaginaba que, minutos antes de las 23 horas, la fiesta se transformaría en una trampa mortal y en una de las mayores tragedias no naturales de la Argentina.

El instante en que se apagó la luz

El reloj marcaba las 22:50. La banda apenas comenzaba a tocar los acordes de su tema “Distinto” cuando el ritual se volvió pesadilla. Un asistente encendió un elemento de pirotecnia; los proyectiles incandescentes impactaron contra el techo, cubierto de una “media sombra” plástica y guata inflamable.

En cuestión de segundos, el fuego se apoderó de las alturas. El material comenzó a liberar gases tóxicos letales, como ácido cianhídrico y monóxido de carbono, mientras una lluvia de plástico derretido caía sobre el público. La luz se cortó. La oscuridad fue total. El humo negro y venenoso descendió rápidamente, asfixiando los gritos y la vida.

“Parecía que hubiesen tirado una bomba”

Lo que siguió fue un descenso al infierno. Gustavo Carabajal, un periodista que llegó al lugar pensando cubrir un incendio común, se encontró con “la peor pesadilla de su vida”. Su testimonio sigue helando la sangre: describió haber visto “cuerpos desparramados y manos que surgían del piso del boliche y tomaban los brazos de los bomberos y policías para que los sacaran de ese infierno”.

Para los vecinos y rescatistas improvisados, el escenario era bélico. José María Aguirre, un hombre de 50 años que ayudó esa noche, relató con horror: “Parecía que hubiesen tirado una bomba. Había cuerpos tirados por todas partes“.

La desesperación humana chocó contra la negligencia criminal: una de las salidas de emergencia, que podría haber sido la vía de escape hacia la vida, estaba cerrada con candado y alambres.

La puerta de emergencia se convirtió en un muro de lamentos. Los testigos narran cómo, desde el interior, brotaban brazos y manos por la pequeña abertura que lograban forzar, en una “desesperada señal de auxilio y gritos desgarradores“.

Los rostros de la tragedia

Entre el humo y la confusión, se tejieron historias de dolor inmensurable y heroísmo trágico. No solo murieron fanáticos; la tragedia se llevó a profesionales y padres. Dos periodistas perdieron la vida esa noche: Luis Santana, de Crónica TV, y Jacqueline Santillán, de una radio FM. La historia de Jacqueline es el reflejo del amor y el sacrificio: madre de dos hijos, logró salir, pero falleció asfixiada al reingresar al local para intentar rescatar a otras personas.

La tragedia no discriminó edades. Testigos relataron haber visto “cadáveres de bebés”, y madres vivieron la angustia suprema de buscar a sus hijos en la oscuridad, solo para encontrarlos ya sin vida en los hospitales.

Una ciudad de sirenas y zapatillas

Esa noche, Buenos Aires no durmió. El sonido de las sirenas rompió el silencio de la madrugada, mientras un peregrinaje lento y desesperado de familiares recorría hospitales y la morgue. Afuera del boliche, la realidad se fragmentaba: zapatillas perdidas, objetos personales y vidrios rotos componían un “panorama desolador”.

Con el correr de las horas, la cifra se volvió una losa sobre la conciencia nacional: 194 muertos y 1432 heridos. Cromañón no fue solo un incendio; fue la consecuencia de una cadena de irregularidades, desde la habilitación de bomberos vencida hasta el exceso de capacidad, ya que habían ingresado al menos 4500 personas en un lugar habilitado para poco más de 1000.

El fin de la inocencia

Cromañón marcó un antes y un después. Fue el fin de la era del “rock chabón” y de la cultura de la bengala, esa práctica que, hasta entonces, era celebrada por músicos y público como parte del folclore,.

La tragedia desnudó la corrupción, con coimas pagadas a la policía para ignorar las contravenciones, y provocó un terremoto político que terminó con la destitución del entonces jefe de Gobierno, Aníbal Ibarra.

Pero más allá de las sentencias judiciales y los cambios políticos, lo que perdura es la memoria emotiva. En la calle Bartolomé Mitre, que permaneció cerrada durante años, se improvisó un santuario. Allí, las fotos, las velas y, sobre todo, las zapatillas colgando, se convirtieron en el símbolo de una generación de jóvenes cuyos sueños quedaron atrapados en el humo.

Años después, el dolor sigue intacto en el recuerdo de aquellos que sobrevivieron y en las familias que aún hoy murmuran una plegaria frente a las fotos de quienes no volvieron a casa. Cromañón nos enseñó, de la forma más cruel posible, que la corrupción mata y que hay noches que, lamentablemente, nunca terminan de amanecer.

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